19-1-2012
Columna
Por Claudio Paolillo
El jefe cívico-militar del régimen teocrático que gobierna Irán suprimiendo todos los derechos humanos de sus desgraciados habitantes, Mahmud Ahmadineyad, se paseó a sus anchas la semana pasada por cuatro países de América Latina, cuyos gobernantes fueron decididos partícipes de un concurso para saber quién grita más fuerte contra Estados Unidos, contra la economía de mercado y contra la libertad.
Ahmadineyad, un sátrapa consumado que niega el Holocausto judío a manos del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial, que proclama a los cuatro vientos que hará todo lo posible para borrar a Israel de la faz de la tierra y que, según expertos de las Naciones Unidas, está construyendo armas nucleares, fue recibido por los gobiernos más corruptos, intolerantes, autoritarios y antidemocráticos de la región: Cuba, Venezuela, Nicaragua y Ecuador.
Así, dictadores de derecho y dictadores de hecho se abrazaron como “hermanos” y, en una sintonía antiliberal, retrógrada y fascista, sonrieron juntos ante las cámaras de televisión, se prometieron mutuamente “solidaridad” y suscribieron cientos de papeles, a los que llamaron “convenios”, que, ya saben, nunca serán cumplidos.
No hay que asombrarse mucho acerca de estos encuentros entre Mahmud Ahmadineyad, los hermanos Fidel y Raúl Castro, Hugo Chávez, Daniel Ortega y Rafael Correa. (Es una gran incógnita por qué no se sumó Evo Morales a este quinteto). A todos ellos los une su desprecio por los pueblos en cuyo nombre actúan, su vocación por aplastar cualquier atisbo de libertad allí donde asome su cabeza y su hipócrita utilización de la democracia para destruirla desde adentro (a excepción de Cuba, donde, por lo menos, los dictadores Castro se asumen como tales y niegan cualquier bondad a lo que ellos mismos han llamado la “pluriporquería”).
Fue un encuentro entre lo peor de Medio Oriente y lo peor de América Latina.
Ahmadineyad no puede siquiera hablar de democracia, porque el propio sistema teocrático que rige en Irán se lo impide. Si se le ocurriera hablar de democracia –y, peor aún, si osara hablar de libertad- estaría violando la Constitución iraní y los ayatolas lo echarían de la Presidencia. Lo mismo ocurre con los hermanos Castro desde hace 53 años.
Sin embargo, hay quienes todavía defienden a los dictadores de hecho Chávez, Ortega y Correa porque “fueron electos”. Creen que con eso basta. Y no basta. Para que en un país haya democracia, además de elecciones, tienen que regir las garantías individuales de los ciudadanos, todas las libertades (de expresión, de reunión, de asociación), la separación de los poderes del Estado y la independencia de la justicia. En Venezuela, Nicaragua y Ecuador, los déspotas a cargo “legalizan” la supresión de las garantías individuales, embisten permanentemente contra todas las libertades y controlan en los hechos tanto al Poder Legislativo como, sobre todo, al Poder Judicial.
En “La Política”, Aristóteles dividió a la democracia (que había nacido en el Ática) en cinco especies, pero básicamente trazó una línea entre las primeras cuatro, donde “la ley reina soberanamente”, y la quinta, donde la soberanía es traspasada “ a la multitud, que reemplaza a la ley”.
En este caso, “la decisión popular, no la ley, resuelve todo”, escribió el gran sabio griego. “Esto es debido a la influencia de los demagogos”, añadió. ¿Qué otra cosa sino enormes demagogos son Chávez, Ortega y Correa?
Por eso, siguiendo a Aristóteles, “en las democracias en que la ley gobierna no hay demagogos”, que “sólo aparecen allí donde la ley ha perdido soberanía. El pueblo entonces es un verdadero monarca, único, aunque compuesto por la mayoría que reina, no individualmente, sino en cuerpo”.
“Tan pronto como el pueblo es monarca, pretende obrar como tal, porque sacude el yugo de la ley y se hace déspota, y desde entonces los aduladores del pueblo tienen un gran partido. Esta democracia es en su género lo que la tiranía es respecto del reinado. En ambos casos encontramos los mismos vicios, la misma opresión de los buenos ciudadanos; en el uno, mediante las decisiones populares; en el toro, mediante las órdenes arbitrarias”, subrayó. (*)
Aristóteles no era “de derecha” ni “neoliberal” ni “imperialista”” ni “blanco” ni “colorado”, todos términos utilizados por la “izquierda” en el Uruguay para referirse al “mal”. Quizá sus pensamientos iluminen al presidente José Mujica cuando habla de la “integración latinoamericana”, para excluir de ese sueño a los dictadores de derecho (los que asumen como tales) y a los dictadores de hecho (los que se autodenominan “democráticos”). Y, también, al canciller Luis Almagro, que permanece sentado en la Asamblea General de la ONU cuando Ahmadineyad clama por la eliminación de un estado miembro, mientras los representantes de los gobiernos donde reina la democracia en serio se retiran de sala.
Aunque, a decir verdad, “difícil que el chancho chifle”.
(*) Tomado del libro “¿Democracia o dictadura de las mayorías?”, de Hans Fischer. Noviembre, 2011.
Encuentro de sátrapas
19/Ene/2012
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